jueves, 2 de agosto de 2007

Capitán del Mediterráneo.


Cayó en una ciudad donde suelen juzgar las formas y el modo. Al principio, parecía más difícil el entorno que el equipo. Barcelona, su Club, su gente y sus costumbres, tan mediterráneas; pueden resultar altamente corrosivas, para cualquiera cuyo nombre y apellido no conjugue con Catalunya. Vivir y convivir con La caprichosa Barcelona no es tan cómodo como parece desde lejos. Una de las ciudades más prósperas de Europa y la eterna rival política de la señorial Madrid, es capaz de beberse la personalidad y estilo de quien sea.


Para triunfar allí, hace falto algo más que empeño y fortaleza. Deben cumplirse requisitos tan específicos de calidad, que muy pocos son los que han salido vivos de las entrañas sociales de las Ramblas. Quien lo intente, deberá entender que Barcelona está por encima de todo, incluso de ella misma. Así es. Orgullosa, caprichosa, celosa y mística.

Por sus calles, el castellano parece mendigar un coloquio y limosnear un diálogo. Con la reserva del caso y ante el temor de la exageración, a veces se mira con malos ojos a quien pide un cortado o un vaso de agua en español, en el chiringuito de una esquina; tapizada de artistas inconclusos sumergidos en su eterna creación. Compitiendo silenciosamente con Picasso y con Dalí. Para sus habitantes, todo debe pasar por un severo proceso de control de tradiciones. Mediante este sistema, conservan casi intacto su origen y por lo tanto su futuro. Se alimentan de lo mejor de ellos mismos, reservándose el derecho de admisión a su sociedad para los demás

Al final de la diagonal, se levanta el monumento de su pasión. Según muchos futbolistas, el estadio más imponente de Europa. En el Nou Camp se inventó el pánico escénico, muchas veces más cruel con los locales que con los visitantes. Jugar en el no alcanza, hay que amarlo y abonarlo con sangre sudor y lágrimas. Como lo exige una camiseta que representa la última frontera del Marketing. Sobre sus densas rayas azulgranas, aún no existe firma o marca capaz de asociarse a su tradición. Patrocinar el uniforme del Club, sería como vender el orgullo catalán. El debate ha sido tan agrio, que la resolución ha llegado hasta el despacho de la Generalitat. Nadie se atreve a tomar la decisión y parece algo tan serio, como intentar vender a la Pepsicola los muros de la Sagrada Familia.

Con semejantes antecedentes, Rafael Márquez tenía más fácil el acceso al éxito hasta con el poderosísimo Real Madrid que con el F.C. Barcelona. Donde el referente del puesto, hacía mas grande la brecha. Pero el mexicano lo logró, incluso derrumbando el mito de su incomodidad extra comunitaria. Documentación que mas de una vez puso en duda su permanencia.

Pero el músculo inteligente de Marquez, conquistó uno de los corazones más bravos del fútbol Mundial, el corazón del Barsa. Donde el silbido aprieta pero no ahoga, en señal de lenta tortura y los aplausos elevan hasta la posición de mito a quien los recibe. Hasta ahora, la consideración que Barcelona tiene sobre el central, es la de un hombre consagrado con el estilo de la ciudad. Fuerte pero elegante. Humilde fuera del campo pero orgulloso dentro de él, Entregado y motivador. Sacrificado y luchador. Respetuoso de la pelota y de la técnica. Defensor de sus compañeros y de sus colores. Con bajo perfil pero de un alto compromiso. Dominador de la moda y no dominado por ella. Cumple con todos los requisitos tácticos, futbolísticos y personales para ser considerado activo fijo de la ciudad y su equipo de fútbol.

Ayer frente al Chelsea, Rafael Marquez dio uno de los mejores partidos de su carrera. Fue feroz en la defensa y altivo en ataque. Metió la pierna hasta por los túneles de Stanford Bridge y sometió a varios ingleses en su propio barrio. Bajó un balón con el pecho y después del disparo, los jueces le negaron el penal. Pero en el segundo tiempo arrestó la pelota y el esfuerzo, para decidir el partido con pase suyo.


En un campo complicado por la naturaleza y asediado por la antigua Londres, logró empujar a su equipo hasta la victoria pendiente. Cuidó a Messi, habló con Ronaldinho, ayudó a Motta, tradujo a Rickjard, centró para Etoo y encabezó la remontada. Después de semejante triunfo personal y colectivo, no hay nadie que dude hoy que el Barcelona es uno de los tres mejores equipos del Mundo y el mexicano uno de sus mejores jugadores.


Con el Mediterráneo a sus pies, Rafael Marquez parece haber nacido para vivir y morir por el Barcelona, uno de los clubes mas duros del mundo, por lo que representa futbolísticamente y por lo que significa socialmente.

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